Tus Ojos

Posted: 24 de abril de 2012 in Sobre mí

Tus ojos son un secreto

que incita mi fantasía

tus ojos son mi alegría

cuando con ellos tropiezo

Tu mirada es (lo confieso)

la fuente de mi poesía

sin ella no lograría

componer un solo verso

El brillo de tu mirada

es una voz silenciosa

que me dice tantas cosas

sin una sola palabra

Tus ojos son para mí

un misterio inexplicable

un abismo inexplorable

en el que quiero morir

Tristeza

Posted: 4 de abril de 2012 in Sobre mí

Tristeza

Tú eres hoy mi mejor amiga

mi compañera fiel

mi protectora

mi amante

en tus brazos he alcanzado a comprender

lo incomprensible

en tu pecho he volcado

mi amargura más honda

Hoy me he acostumbrado a vivir contigo

y aun así soy feliz

tristeza

Eres la madre de todos mis poemas

incluso de aquellos que hablan de la alegría

Eres parte indispensable de mí.

Tristeza

Mi Poesía

Posted: 27 de marzo de 2012 in Sobre mí

Mi poesía no es más que un lamento

los acordes de un violín desafinado

la voz de un humilde sentimiento

el suspiro de un niño enamorado

Mi poesía es un grito en el desierto

el canto de un pájaro enjaulado

un libro que nunca ha sido abierto

una rosa en un jardín abandonado

Mi poesía está hecha de secretos

de experiencias de triunfos y fracasos

mi poesía está hecha de recuerdos

y otras cosas mas que he olvidado

Ayer, cuando era otro.

Posted: 23 de marzo de 2012 in Sobre mí

Ayer      cuando era otro

pensaba que el dolor era un castigo

que la muerte quedaba demasiado lejos

que el tiempo era solo un concepto

y el amor

     entre otras cosas

un obscuro elemento

            de mi arcano corazón

 

Ayer creía saberlo todo

                    o casi todo

y las opiniones ajenas eran únicamente el eco

                                        de una música lejana

 

Ayer el futuro era tan solo un pronostico

una posibilidad incierta

y en cualquier caso distante

 

Ayer solo existía el presente

   el resto era un mero rumor

 

Pero claro eso fue ayer

 

cuando era otro

Imagen

El Pacto

Posted: 2 de marzo de 2012 in Sobre mí

 

 

Habíamos hecho un pacto. Por supuesto, era uno de esos acuerdos tácitos que se hacen sin mediar palabra entre ambas partes, pero que para mí, tienen tanto valor como un contrato firmado con sangre. ¡Cómo iba yo a suponer que faltaría a su palabra! Se burló  de mí, me despreció y me humilló, y eso por si solo ya es motivo mas que suficiente, sin  embargo existe una razón más poderosa que me obligó a hacer lo que hice.

Se lo merecía, ¡desde luego que se lo merecía! Pero no crean que estoy apelando al sentido de la justicia, sé que si lo hiciera discreparían conmigo, ¡sus leyes son tan ambiguas y tan superficiales! Jamas alcanzarían a comprender el elevado sentido de la moral que yo poseo. Pero da igual, como ya he dicho antes tampoco lo hice por justicia. Ni siquiera por venganza, aunque soy consciente de que podría parecer que fue esa la razón. Tampoco se trata de un acto premeditado. No,  lo cierto es que no me dejó otra opción. ¡Después de tantos esfuerzos! Cuando por fin lo había conseguido, ella va y aparece de nuevo, sin previo aviso y tan solo para reírse de mí.

Ustedes no podrían entenderlo jamas, ¡yo la amaba de verdad! Borrarla de mi corazón ha sido la tarea más difícil a la que me he enfrentado en mi vida. Olvidarla se me antojaba una meta inalcanzable y no obstante lo conseguí. Pero para qué, ¡para nada! Tan solo para que ella tuviese la oportunidad de reabrir mi herida y regodearse en mi sufrimiento mientras yo me convertía cada vez mas en el patético juguete de sus crueles caprichos.

 

Al principio era amable. Evitaba mi compañía por todos los medios, aunque eso si, con total cortesía. Decía que lo hacía por mi bien, que trataba de evitar (y cito textualmente) “que se desarrollaran en mi ciertos sentimientos que ella no podría corresponder” ¡pobre inocente! Ignoraba que esos “sentimientos” hacía tiempo que se habían “desarrollado” y que no estaba en su mano evitar que cada día se hicieran mas y más grandes.

Yo respetaba su opinión, o al menos fingía darle la razón a fin de no parecer intransigente,  pero no por eso iba a alejarme de su lado, como ella sugería.  Tenía todo el derecho a tratar de convencerla de que estaba equivocada. Y estaba firmemente decidido a intentarlo. Después de pedírselo varías veces al día durante varías semanas accedió de mala gana a salir conmigo. Fuimos a tomar un café y a dar una vuelta. Conversamos sobre temas aparentemente triviales, pero que a mí me proporcionaban no obstante la ocasión de penetrar en su alma, y  apenas una hora después dijo que era tarde y que debía marcharse. Aunque estuvimos muy poco tiempo juntos y a pesar de que ella insistió en que no debía molestarla  mas, pude percibir con total claridad que en su corazón se alojaba latente una enorme pasión que muy pronto le sería imposible reprimir y que cuando menos lo esperase surgiría como un géiser para después sucumbir dócilmente ante mí. Mientras tanto yo sabría esperar. La paciencia es una de mis abundantes virtudes. Dejaría pasar el tiempo y fingiría indiferencia, lo cual sin duda provocaría en ella un total desconcierto que haría revivir su interés por mí.

Por supuesto eso era lo que yo pensaba entonces, ¡inocente de mi! pero no pasaría mucho tiempo hasta que mis ojos se abrieran a la realidad.

El autentico problema surgió cuando ella empezó a aparecer en mis sueños. Yo no le daba importancia al principio, se supone que es normal soñar con alguien de quien se está enamorado. Hasta que comprendí un hecho tan sorprendente como cierto. No es que yo soñara con ella, ¡era ella la que invadía mis sueños! Irrumpía en ellos cada vez que quería  sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo.

Cierto es que me hacía muy feliz el saber que cada noche podría reunirme con ella, lo malo es que esa felicidad desaparecía cada mañana al despertar y el vacío que entonces quedaba en mi alma era peor que cualquier otra cosa. Así que no tuve mas remedio que ir de nuevo en su busca, necesitaba saber si nuestro amor podría trascender mas allá de los sueños. Estaba seguro de que mirándola a los ojos sería capaz de descubrir la verdad, pero el desprecio que hallé al enfrentar su mirada aclaró de repente todas mis dudas. Acepté con humildad mi derrota y me fui con el firme propósito de alejarme de ella para siempre.

Pero antes hicimos un trato. Yo dejaría de molestarla a condición de que no apareciese en mis sueños nunca mas. Ella no respondió, se limitó a sonreír con sarcasmo. Pero su silencio era un evidente signo de conformidad así que di media vuelta y me alejé de su lado.

A medida que pasaba el tiempo, mis esperanzas iban disminuyendo, creí que nunca lo conseguiría y en ocasiones incluso llegué a pensar que acabaría volviéndome loco. Afortunadamente no fue así y gracias a mi extraordinaria fuerza de voluntad logré por fin olvidarla.

 

Créanme si les digo que para mí supuso una experiencia liberadora. Apenas unos meses antes no habría podido concebir la vida sin ella y sin embargo ahora… miro atrás y casi me avergüenzo de mi mismo.

Todo iba bien, ya les digo, me encontraba  pletórico de energía, de seguridad y de confianza. Ante mi se abría un futuro brillante y plagado de nuevas expectativas. Por primera vez en mi vida tenía una visión optimista de las cosas. Hasta que ella decidió romper su palabra, y de paso todas mis esperanzas. ¡Y claro, no me quedó mas remedio que actuar del modo en que lo hice!

 

Yo dormía apaciblemente, como cada noche. Soñaba, como cualquier persona. Era un sueño agradable, de esos que se olvidan inmediatamente después de despertar, pero que dejan una grata sensación de paz y añoranza.  No recuerdo de qué trataba el sueño, solo sé que alguien pronunció mi nombre, y que en ese mismo instante todo mi ser se estremeció, porque yo conocía a la dueña de esa voz. Entonces, contra mi voluntad volví la cabeza y la vi ante mi. Era tan hermosa, tan real, que comprendí que aquello no era un sueño, no lo era al menos en el sentido estricto de la palabra. No recuerdo si lo he explicado antes o no, pero lo cierto es que mis sueños no son como los de las demás personas. Existe una misteriosa conexión entre mis sueños y la vida real. ¡Cómo podría explicarselo para que lo entendieran! A menudo se entrelazan de tal manera que es imposible distinguir una cosa de la otra. A ella le ocurría lo mismo, de ahí nuestros habituales encuentros nocturnos de los que antes les hablé, y por eso hicimos ese trato que a ustedes les parece tan absurdo. Lo asimilé todo en menos de un segundo. Ella había regresado, todo mi esfuerzo, todos mis planes quedaron destruidos de golpe, y no estaba dispuesto a volver al principio, bajo ningún concepto pasaría por lo mismo de nuevo.

¡Ya ven! No me dejó otra opción, se trataba de mi o de ella. La verdad  es que no me costó elegir.

 

No les cuento todo esto porque pretenda que se pongan de mi parte, sé que soy culpable, y siempre he sabido afrontar las consecuencias de mis actos. Así que hagan conmigo lo que consideren oportuno, enciérrenme, me da igual. Al menos sé que ahora podré dormir tranquilo.

 

¡Y por Dios tápenle la cara, no soporto esa insolente mirada!

 

Su fría e impenetrable mirada se perdía a lo lejos, en dirección al horizonte.

A juzgar por la posición del sol debían ser aproximadamente las diez de la mañana, aunque no era lógico pensar en una hora exacta, pues llevaba caminando días, meses, quizás incluso años y sin embargo el sol mantenía su posición, ni subía ni bajaba.

Él caminaba decididamente en dirección recta, hacia el sol naciente, sin desviar su vista a derecha o izquierda, con los ojos entornados y siempre mirando hacia el frente. De vez en cuando se detenía, sin levantar del suelo sus pies desnudos ni moverlos un solo centímetro por temor a desviar su ruta.

Se limpiaba el sudor de su frente y miraba a su alrededor, sólo había nada, un inmenso desierto repleto de nada. Ni una montaña a lo lejos, ni un árbol, ni tan siquiera una piedra o un desnivel, todo llano, sin principio ni fin. Detrás, tendida a lo largo y moviéndose al mismo compás que él, su sombra.

El silencio era tan abrumador que tenia miedo de hablar por si su propia voz le asustaba. Sólo pensar le daba miedo, pero aunque lo intentaba, no conseguía evitar que su mente se disparara en todas direcciones. Comenzó a sentir síntomas de cansancio, pero no era un cansancio físico, ni tampoco mental. Cerró los ojos por un instante apretando fuertemente los párpados y después miró hacia atrás. Trató de recordar su punto de partida, pero era inútil, ni si quiera se acordaba de haber salido de algún sitio. Ignoraba cuando inició su andadura y cuanto tiempo llevaba así, sólo sabía que tenía que alcanzar el horizonte y atravesarlo. Desconocía las razones, o que es lo que esperaba encontrar al otro lado, pero seguía caminando y ese parecía ser el único motivo de su existencia.

Volvió su vista al frente y haciendo acopio de toda su concentración reanudó su marcha. No sentía fatiga pero sí calor, le daba igual.

Poco a poco fue quitándose ropa hasta quedar desnudo. Y seguía caminando, sin prisa, el tiempo no le importaba, puede que incluso no supiera lo que es el tiempo.

El sol se mantenía inmutable, como si le esperara, pero a él le era indiferente, solo pensaba en en llegar.

Ya había abandonado toda esperanza de recordar, por lo que decidió que seria mejor dejar de intentarlo.

Había optado por concluir que no tenía pasado, pero lo cierto es que en tal caso tampoco tendría presente. Todo le parecía absurdo e incoherente, pero no le importaba, él no entendía de tiempo, ni de presente ni de futuro. Sólo anhelaba alcanzar su meta, su existencia no le preocupaba. Llegar era su único interés, quizás entonces lo sabría todo. Con esa única idea sus pasos avanzaban, a solas y en silencio.

No llegarás, le dijo su sombra.

Entonces recordó que hacía mucho tiempo su sombra había hablado y que por alguna razón se había estado manteniendo en silencio hasta ese instante. No le hizo caso y siguió caminando.

Sé perfectamente que me has oído, no me puedes ignorar. Volvió a decir su sombra.

Déjame en paz. Contestó él

Es inútil, ¿porqué insistes? Te he dicho que no llegarás, despierta de una vez.

Llegaré.

Haz lo que quieras, sólo intento evitarte una enorme pérdida de tiempo.

Él no contestó, caminaba sin volver la vista y con la cabeza erguida. El sudor le goteaba por la frente deteniéndose sobre su pecho. Se limpiaba los ojos con el dorso de la mano y se echaba el pelo hacia atrás. Sólo se podía escuchar su respiración, aunque tal vez él no percibía ese sonido.

¿Por qué estás tan segura de que no llegaré?

Creí entender que no querías hablar conmigo. Replicó irónicamente su sombra.

Vamos responde. ¿Qué te hace pensar que no llegaré?

De manera que empiezas a dudar de ti.

No, no dudo de nada. Bah, es mejor no hablar contigo. Y se calló, prosiguiendo su andadura con el rostro serio e irritado. Al poco rato rompió el silencio de nuevo.

Bueno, es sólo curiosidad, ¿Me vas a contestar o no?

Tu quieres llegar al horizonte y ni siquiera sabes por qué. Ignoras lo que hay detrás, pero yo lo sé. No hay nada, porque nunca se alcanza el horizonte. Siempre lo tendrás delante y pasarás una eternidad luchando por algo que no existe. Deberías saberlo, nunca se alcanza el horizonte, nunca.

Mientes, yo sé que llegaré. No sé cuando, pero lo haré. Y si no dime, qué hago aquí.

Tú sabrás. Exclamó la sombra.

¿Yo sabré? Yo no sé nada. No tengo ni idea de quien soy ni de qué diablos hago aquí.

Entonces por qué sigues adelante.

¿Y que otra cosa puedo hacer? Además estoy convencido de que cuando alcance el horizonte hallaré todas las respuestas.

Te equivocas, lo único que encontrarás son más preguntas. Ya has malgastado demasiado tiempo. Te lo aconsejo, despierta.

Él se detuvo, volvió la vista atrás y miró al suelo. Allí estaba su sombra, muda. Pensó que era ridículo, que no podía ser verdad que estuviese conversando con su propia sombra. Empezó a sentirse confuso y asustado. Entonces recordó su destino y de nuevo emprendió su viaje. Deseaba, necesitaba alcanzar su meta, no obstante sus pasos parecían no conducirle a ningún sitio y el sol no se movía. A veces dudaba y pensaba en lo que había dicho su sombra, pero un instinto más fuerte que él le empujaba hacia delante. Mas tarde o más temprano habría de concluir su odisea. El tiempo no existía.

¿Por qué no dices nada? Vamos di algo.

Y  qué quieres que diga, de todas maneras no me haces caso.

Bueno, yo sé que tengo que llegar, pero tú insistes en que no lo lograré. Explícame porqué.

Ya te lo he dicho, jamás se alcanza el horizonte.

Pero si eso fuese cierto, qué estoy haciendo aquí.

Soñar. Dijo la sombra. Sólo soñar.

Entonces ¿Estoy dormido, o acaso puedo ser un sueño?

Eres el producto de tu propio sueño.

¿Quieres decir que estoy soñando conmigo?

Sueñas tu propia existencia, pero no existes en realidad.

Entonces él se detuvo bruscamente y dirigiéndose a sus sombra exclamó con indignación.

No puede ser verdad. Yo existo.

Demuéstramelo.

Estoy hablando contigo. No podría hacerlo si sólo fuese una fantasía.

Y qué, yo sólo soy tu sombra y si tu no existes yo tampoco.

Es absurdo, pero en cualquier caso si estás en lo cierto no hay de qué preocuparse ya que si en realidad soy un sueño acabaré despertando.

Te equivocas. Rectificó su sombra. Tan sólo despertarás en el momento en que quieras despertar.

Y si no quiero.

Entonces seguirás así eternamente.

Se acercó la mano a la cara enjugándose el sudor que descendía por su frente seguidamente posó su mirada en el suelo. Esta vez su rostro reflejaba tristeza y también cansancio.

¿Qué te ocurre, has decidido desistir?

No sé lo que hacer. Tú tienes la culpa, si no hubieses hablado

Seguirías así toda la eternidad.

Entonces se desplomó en el suelo y cayó de rodillas. Se llevó las manos a la cara tapándose los ojos y se inclinó. Las lagrimas comenzaron a brotar entre sus dedos.

¿Qué puedo hacer? No soy nadie. No vengo de ninguna parte, no voy hacia ningún lugar.

Despierta.

Pero, ¿Cómo?

Levántate y mira hacia delante.

Él obedeció se incorporó y miró. No podía creerlo. El sol ya no estaba, la tierra había desaparecido. Ante él se abría un abismo y debajo nubes, tantas que impedían ver el fondo.

¿Qué es? Preguntó.

¿Qué crees tú que es?

Parece el fin del mundo, es como si…

Como si… repitió su sombra.

Lo sabía. Gritó. Sabía que alcanzaría el horizonte, y tú también. ¿Por qué tratabas de impedírmelo?

¿De veras crees que has llegado a tu meta?

Pues claro, qué es esto si no.

Vuelve a mirar a delante y dime lo que ves.

Nubes. Contestó.

¿Y al final de las nubes?

No puedo verlo, solo se ven nubes, nada mas que…

Y entonces lo comprendió todo. Ahora su rostro no reflejaba nada, así que por primera vez en lo que recordaba de su vida, con absoluta decisión y sin miedo, supo lo que tenía que hacer.

Sin pararse a pensarlo demasiado se lanzó al vacío.

(Extraido del libro “El Don de olvidar y otras historias” publicado por ARAN Ediciones)

LA EXTRAÑA CUALIDAD

Posted: 8 de agosto de 2011 in Sobre mí

Segismundo Alvarado presumía de tener una memoria infinita. Alardeaba de que era capaz de recordar todos y cada uno de los acontecimientos ocurridos a lo largo de su existencia, por breves o insignificantes que pudieran ser.

-Si me lo propusiera – solía decir a menudo cuando estaba reunido con sus amigos – sería capaz de narrar mi vida desde el día que nací hasta el momento presente, día a día, hora a hora y minuto a minuto, sin saltarme ni un solo detalle. Es mas, si escribiera mi autobiografía y puede que algún día lo haga, sería el libro mas largo de la historia.

Esa supuestamente extraordinaria cualidad ( pues todos sus amigos dudaban de que tuviera realmente un valor practico) estaba aun por demostrar, y Segismundo Alvarado insistía una y otra vez en que algún día conseguiría asombrar al mundo con su portentosa memoria. Por desgracia dicha capacidad tenía un inconveniente, y era que los hechos solo podían ser recordados en su correcto orden cronológico. Es decir, que si quería recordar lo que hizo el nueve de Octubre de mil novecientos cuarenta y siete a las cinco y media de la tarde, tenia que empezar a recordar desde el veintitrés de Abril de mil novecientos veintidós a las dieciocho y cuarenta y cinco que era el momento exacto en que nació. Eso como es de suponer le creaba unos problemas tremendos ya que si por alguna razón tenía la necesidad de recordar algún hecho acaecido  recientemente, se veía forzado  a rememorar su vida desde el comienzo hasta llegar al momento en cuestión, lo que a veces le llevaba semanas e incluso meses y cuando lograba rescatar tal asunto de su memoria solía ser tarde y ya no le servía de nada. Lo peor era que al tratar de explicar eso la gente le tomaba a broma e incluso hay quien pensaba que estaba loco, lo que a él le desesperaba terriblemente y acababa casi siempre sumiéndole en la mas profunda depresión. Por esa razón decidió llevar una vida casi monástica y no salir a la calle a menos que fuese estrictamente necesario, ya que por mas que le daba vueltas al asunto para tratar de hallarle remedio, su memoria era del todo intransigente y se negaba a funcionar de otro modo que no fuera el anteriormente mencionado.

Un día, mientras escuchaba A Beethoven, Segismundo Alvarado creyó encontrar la solución. Concluyó que puesto que no conseguía dominar a su memoria, tendría que valerse de algún instrumento que le ayudase a acceder rápidamente a cada rincón de su pasado. Así que pensó que había llegado el momento de escribir su autobiografía. En la parte superior de cada pagina pondría la fecha y hora de cada suceso narrado y de esa manera le sería posible consultar en cada momento cada hecho que necesitara recordar. Lo que  no tuvo en cuenta y curiosamente jamas pasó por su cabeza es que para que tal sistema funcionase era absolutamente necesario describirlo todo tal y como ocurrió y sin prescindir de ningún detalle, lo que por otra parte era inevitable, ya que de no hacerlo así no podría seguir recordando y tendría que volver al principio cada vez. Y claro eso significaba que escribir su vida entera de ese modo le llevaría como mínimo un año por cada año descrito y eso contando con que le dedicara veinticuatro horas diarias a escribir, lo que obviamente resultaba imposible. Así que pasando por alto ese trascendental detalle, Segismundo Alvarado comenzó su cruzada personal contra el tiempo. Se compro una maquina y empezó a escribir el mismo día que cumplió cincuenta y un años. Dedicaba entre doce y dieciocho horas diarias a lo que se convirtió en la única razón de su existencia.

A los ochenta años murió de cansancio frente a su maquina de escribir, en el encabezamiento de la ultima pagina figuraba la siguiente fecha: 23 de Abril de 1942

Extraido del libro “El don de olvidar y otras historias” de Jorge Rodríguez Rueda ( o sea, yo )